Un herrero no escribe con boli

Space pen

Un herrero no escribe con boli

Hace muchos años, un profesor me contó la famosa historia del bolígrafo espacial.

Los americanos, decía, habían invertido tiempo y dinero en desarrollar un bolígrafo capaz de funcionar en el espacio. Los rusos habían encontrado una solución mucho más sencilla:

usaron un lápiz.

La historia me pareció brillante. Con los años descubrí que era un mito y que la realidad era bastante más compleja. Los lápices también tenían problemas en una nave espacial y el famoso Space Pen tenía sentido.

Pero la enseñanza se me quedó grabada:

antes de complicar una solución, busca una más sencilla.

Muchos años después estaba en el taller haciendo una de esas cosas que para mí son casi magia: puliendo tornillos.

En un momento dado quise tomar unas notas. Cogí mi libreta y, yo ingenuo, intenté escribir con un boli.

No conseguí terminar ni la primera palabra.

La punta se había llenado de partículas del pulido y la pequeña bola que transporta la tinta se había atascado.

Entonces me di cuenta de una tontería:

un herrero no escribe con boli.

Empecé a recordar todos los talleres por los que había pasado.

Lápices, rotuladores, marcadores, puntas de trazar… pero pocos bolígrafos.

Y entendí por qué.

El boli es una herramienta fantástica, pero necesita que una pequeña bola gire libremente con bastante precisión. En un entorno lleno de polvo, abrasivo, grasa y partículas metálicas, esa virtud se convierte en una debilidad.

El lápiz es mucho más bruto.

Si se rompe, le sacas punta y continúa funcionando.

Y ahí entendí algo que completaba la historia que me contó aquel profesor.

No se trata de que el lápiz sea mejor que el boli.

No existe la mejor herramienta fuera de su contexto.

Una solución puede ser perfecta en una oficina, problemática en un taller y peligrosa en una nave espacial.

A veces la ingeniería no consiste en diseñar algo más sofisticado.

Consiste en entender suficientemente bien el problema como para saber qué herramienta necesita realmente.

Quizá por eso aquella historia falsa que me contó un profesor terminó enseñándome dos cosas distintas.

La primera la entendí aquel día:

no compliques una solución innecesariamente.

La segunda necesité años de taller y un bolígrafo atascado para entenderla:

antes de decidir cuál es la mejor solución, mira dónde tiene que funcionar.

Porque un lápiz no ganó al bolígrafo en el espacio.

Pero después de tantos años entre máquinas, polvo y metal, hay algo de lo que sí estoy bastante convencido:

un herrero no escribe con boli.

Y entonces apareció la ironía.

Las partículas del pulido habían atascado la bola del boli.

Y allí estaba yo, intentando tomar notas sobre materiales, pellets y partículas, mientras unas simples partículas me impedían escribir.

Yo, pensando en partículas, y las partículas pensando por mí.

Parece un sinsentido, pero quizá ahí está la lección.

Podemos pasarnos años estudiando materiales, máquinas y procesos cada vez más complejos y seguir tropezando con las cosas más sencillas.

A veces el problema no necesita más tecnología.

Necesita un lápiz.

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