Los primeros años de mi infancia los viví en un pueblo tan pequeño
que a durante largos periodos de tiempo solo lo habitaba mi familia.
Y ni siquiera eso del todo:
mis hermanos estudiaban fuera
y mis padres se separarían más tarde.
No llegaban los coches. Aún hoy no llega ningún vehículo.
Para entrar o salir había que caminar
algo menos de un kilómetro.
Cargar cosas.
Sacar cosas.
Eso era trabajo de mayores.
Pero yo era el pequeño.
El que menos pesaba.
Así que la basura era cosa mía.
Aquel lugar, perdido en medio de la naturaleza,
ya tenía energía solar e hidráulica
por pura necesidad
hace casi 40 años.
No por ideología.
Por supervivencia.
Y allí la basura sí era un problema real.
No había servicio de recogida.
Había que sacarla del pueblo.
No era mucha.
Mi madre conocía los secretos de la huerta,
de la ganadería,
de la recolección.
Así que casi todo volvía a la tierra
o nunca llegaba a ser residuo.
Solo quedaban algunos envases:
galletas
y Colacao,
que me encantaba desayunar a todas horas.
Yo iba encantado.
Caminando,
con una bolsa en la mano,
dándole patadas juguetonas
como si fuera una pelota.
La agarraba fuerte,
como si supiera
que si me encargaba bien de ella
mi madre me compraría más galletas.
Quizá no lo sabía entonces,
pero aquel niño ya estaba aprendiendo algo importante:
Que lo que desechas pesa.
Que sacarlo cuesta.
Y que la basura,
cuando no desaparece por arte de magia,
te obliga a pensar qué haces con ella.
Mucho antes de máquinas,
mucho antes de proyectos,
todo empezó ahí.

