Los cinco dólares más valiosos de mi vida

MakerBot Industries me pagó cinco dólares.

Puede parecer una cantidad ridícula, pero para mí fueron como ese primer billete que uno debería enmarcar. En realidad eran cinco, y todavía hoy conservo el correo que lo demuestra.

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La historia empieza unos años antes, alrededor de 2017.

Mi proyecto apenas estaba naciendo. Cada fin de semana recorría todas las ferias y eventos tecnológicos a los que podía permitirme asistir. No tenía apenas dinero, pero sí una convicción enorme de que la impresión 3D con pellets tenía sentido.

En uno de aquellos eventos, en la capital, había preparado todo con el máximo cuidado. Llevaba una versión mejorada del prototipo, la máquina perfectamente ajustada y unos pocos gramos de material que había conseguido reunir para hacer las demostraciones.

Llegó el momento.

Descargué el equipo, monté el expositor, conecté todos los cables…

Y nada.

La electrónica había muerto.

Probablemente era la decimonovena placa que quemaba durante el desarrollo. En ese instante sentí que el viaje, el esfuerzo y el evento habían terminado antes incluso de empezar.

No tenía máquina.

No tenía demostración.

Solo tenía un proyecto roto.

Entonces recordé dónde estaba.

Aquello era una feria maker. Allí se hablaba continuamente de código abierto, de compartir conocimiento y de ayudarse entre personas que construyen cosas.

Así que respiré hondo y me acerqué al expositor de al lado.

—¿No tendréis por casualidad un Arduino y una RAMPS olvidados en algún cajón?

No era una tienda. Era un FabLab.

No me preguntaron cuánto iba a pagar.

No pidieron nada a cambio.

Simplemente alguien rebuscó entre sus cosas y me dejó una placa. Nueva, usada… me daba exactamente igual. Solo quería que la máquina volviera a respirar.

La conecté con un cuidado casi quirúrgico. Cable por cable. Sin margen para otro error. Cargué el firmware.

Enter.

La máquina arrancó.

Qué alivio.

Con la demostración ya funcionando, una de las personas del FabLab se quedó observando el extrusor durante un buen rato.

Entonces hizo una pregunta.

—¿Eso es un extrusor de pellets?

Empecé a explicar el proyecto, cómo funcionaba, qué ventajas tenía y por qué creía que podía cambiar muchas cosas.

Entonces me sorprendió.

Me dijo que conocía el proyecto original de Richard Horne y que incluso había intentado construir uno.

Pero no había funcionado.

Yo tampoco había partido de aquel diseño. Había terminado desarrollando mi propia versión porque necesitaba resolver problemas diferentes.

Entonces me hizo otra pregunta.

—¿Podrías compartir los archivos?

No tuve que pensarlo.

Se los envié.

Los modelos 3D, el firmware y todo lo que podía serle útil.

Durante mucho tiempo había convivido con una duda.

¿Patentar?

¿Liberar?

Pero aquel día no existía ninguna duda.

Le debía una.

Si aquella persona no hubiera sacado una placa de un cajón para ayudar a un desconocido, mi máquina nunca habría funcionado ese día.

Compartir mi trabajo era simplemente una cuestión de honestidad.

De reciprocidad.

De ese código no escrito que existe dentro de la comunidad maker y que, sin darte cuenta, acaba guiando decisiones que cambian una vida.

De vuelta a casa me esperaban casi trescientos kilómetros de carretera.

Durante todo el viaje no dejé de darle vueltas a la cabeza.

Había aprendido prácticamente todo gracias a una comunidad que compartía conocimiento sin esperar nada a cambio.

Y acababa de cruzar una línea invisible.

Ya había compartido mi trabajo con alguien porque confiaba en él.

Entonces apareció una pregunta incómoda.

¿Por qué solo con él?

¿Por qué no con todo el mundo?

Nada más llegar a casa abrí una cuenta en el gran repositorio de la época, Thingiverse.

Subí todos los archivos.

Cerré el ordenador.

Y aquella noche dormí en paz.

El lunes siguiente todo seguía igual.

Seguía trabajando por cuenta ajena.

Seguía dedicando todas las horas libres al proyecto.

Seguía avanzando despacio.

Pero había una diferencia.

La misión continuaba.

Meses después recibí un correo muy extraño.

No entendía si MakerBot me estaba cobrando algo o si, por el contrario, me acababa de pagar.

Lo leí varias veces.

No encontraba sentido.

¿Por qué MakerBot Industries me enviaba cinco dólares?

¿Qué les había vendido yo?

La respuesta estaba delante de mis ojos.

Thingiverse pertenecía entonces a MakerBot Industries.

Aquellos cinco dólares eran un reconocimiento por las miles de personas que habían descargado los archivos del Pellet Extruder que había compartido.

No eran cinco dólares.

Eran miles de personas diciendo, sin conocerme de nada:

«Esto nos interesa.»

Aquel correo cambió por completo mi forma de ver el proyecto.

Hasta entonces mi objetivo había sido enseñar el extrusor en las ferias a las que podía llegar en coche.

Desde ese día entendí que ya no estaba hablando con las personas que tenía delante.

Estaba hablando con el mundo.

Si había miles de personas descargando aquellos archivos, significaba que no estaba solo.

Había una necesidad real.

Y quizá, solo quizá, aquello podía convertirse en algo mucho más grande de lo que jamás había imaginado.

Ese fue el día en que dejé de remar para llegar a la siguiente feria.

Empecé a remar para cruzar el océano.

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