De desamparada a generadora de riqueza
He oído la historia de una mujer que se negó a aceptar que su primer hijo pudiera convertirse en uno de tantos bebés separados de sus madres durante una época oscura de nuestro país. Literalmente tenía pesadillas con los hospitales.
Armada únicamente con su valentía, abandonó la capital para dar a luz en una casa perdida en una zona rural del norte, sin asistencia médica.
A los pocos meses, aquel bebé emprendió junto a su madre un largo viaje hasta Sudamérica para reunirse con su padre, obligado a huir de una orden de busca y captura por defender unos ideales perseguidos en plena transición política.
Tras recorrer miles de kilómetros por todo un continente, aquella pequeña familia regresó a su tierra para empezar de nuevo. Eligieron una casa de montaña donde nació su segundo hijo.
Aquel viaje les había enseñado el valor de la autosuficiencia. Aprendieron que la naturaleza podía ofrecer mucho más de lo que parecía, descubriendo el oficio de la agricultura y la ganadería como forma de vida.
Todo parecía un pequeño paraíso.
Pero la vida volvió a ponerla a prueba.
De un día para otro se encontró sola, criando a tres hijos en un pueblo prácticamente abandonado, al que todavía hoy no llega ningún vehículo a motor y donde, por entonces, la única fuente de electricidad provenía de una de las primeras instalaciones solares domésticas.
Pasaron los años.
Cuando sus hijos ya eran mayores encontró de nuevo el amor y, junto a él, un nuevo proyecto de vida, muy cerca de aquel hogar que tanto esfuerzo le había costado reconstruir.
Levantaron un pequeño alojamiento para dar descanso a los pocos peregrinos que se atrevían a recorrer una de las etapas más duras del antiguo Camino de Santiago.
En plena crisis inmobiliaria parecía una apuesta condenada al fracaso.
Sin embargo, ocurrió justo lo contrario.
Su sola presencia demostró que aquel lugar tenía futuro. Poco a poco, cada vez más peregrinos comenzaron a recuperar aquellas antiguas rutas de peregrinación. Con los años, otros vecinos también abrieron sus puertas y el pueblo encontró una nueva forma de prosperar.
Sin pretenderlo, aquella mujer había sembrado mucho más que un negocio.
Había sembrado riqueza para toda una comunidad.
Hoy, después de toda una vida de trabajo, baja la persiana por última vez, sabiendo que otras puertas seguirán abiertas para quien llegue buscando una cama donde descansar tras una larga jornada de camino.
Quien escuche esta historia probablemente piense que fue una mujer luchadora.
Otros dirán que fue una visionaria.
Algunos hablarán de una emprendedora capaz de generar riqueza donde parecía imposible.
Para mí, simplemente, fue la mejor madre que podría haber tenido.
Y de todos los aprendizajes que me regaló, hay uno que vale más que cualquier herencia:
Mientras tengas dos manos, siempre podrás trabajar la tierra para dar de comer a tus hijos.
Creo que ese es el mayor superpoder que una madre puede transmitir.
Porque cuando sabes que eres capaz de alimentar a tu familia con tus propias manos, desaparece el miedo al fracaso.
Podrás equivocarte, empezar de cero una y otra vez o perderlo todo.
Pero nunca dejarás de saber cómo volver a construir una vida.

